¿Qué les pasa a los jóvenes?

Fuckowski,  La Columna, Junio 27, 2007

Es una pregunta recurrente. Cada cierto tiempo, inexorablemente, alguien sale a la palestra a rasgarse las vestiduras en tono indignado: estos jóvenes de hoy, hay que ver, que no hacen más que drogarse y ver la tele. Que no tienen principios ni metas y no respetan nada, los jodíos. Cómo son, éstos jóvenes.

Desde luego que hay que ser muy cínico o muy gilipollas. A ver, señor de cuarenta que se sienta a ver los toros desde la barrera, entérese: estos jóvenes son hijos suyos. De su mujer y usted, de su hermana y su cuñado, de esa pareja tan simpática que vive en el tercero y que tiene un caniche y un Ford Focus.

El porqué alguien es como es no es fácil de determinar. Es la eterna discusión del nature versus nurture. El desvergonzado y nihilista joven de hoy, ¿nace o se hace? En este caso la respuesta es sencilla, pues nos estamos refiriendo a un conjunto bastante numeroso. Descartando por altamente improbable que se haya producido una mutación genética espontánea, global y simultánea en unos cuantos millones de individuos, no nos queda más remedio que aceptar que los jóvenes de hoy son producto del entorno. Y el entorno, querido amigo, es obra de usted. Esta nueva generación evidencia violentamente el fracaso de la suya.

Y es que tuvo usted la oportunidad de cambiar drásticamente el entorno cuando acabó la dictadura, y la desaprovechó. Siendo objetivos hay que decir que, en fin, pudo haber sido mucho peor. Aceptamos pulpo. Pero ahora se me ha aburguesado usted, amigo. Se ha vendido. Cuando se les quitó el poder para devolvérselo a la gente, a los poderosos ya sólo les quedó dinero. El poder pasó a ser público, y durante un tiempo no se vivió mal. Fueron buenos años: sindicatos fuertes, empleos estables, viviendas asequibles, educación de calidad. Dignidad, palabras claras, ideas claras, poco eufemismo, nada de absurda corrección política. Los ex poderosos querían comprar el poder al pueblo y una y otra vez se les decía que no, que no estaba en venta. Fue esa firmeza de principios la que evitó por un tiempo que el dinero otorgase poder. Los que tuvimos la suerte de ir a nacer en aquella estrecha y saludable franja temporal somos ahora la viva imagen del desencanto. Vivimos algunos años en un mundo que ahora nos acusan de haber soñado. Es duro, pero al menos tenemos una referencia real que nos permite ser críticos y conservar la cordura. Los nacidos un poco más tarde ya no cuentan con ese privilegio.

Todo el mundo tiene un precio, dicen. No sé si todos, pero desde luego, muchos. Cuando ya no se puede sostener por las armas esa jerarquía social de dos niveles en la que los cuatro de arriba mandan y los millones de abajo son esclavos, la única forma de seguir estando arriba es construir una jerarquía piramidal. En esta estructura a cada esclavo se le conceden otros dos esclavos. Y ésta no hace falta sostenerla con armas: se edifica lentamente sobre los sólidos cimientos de la estupidez y el egoísmo humanos. Todos son esclavos pero se creen señores. Que le pregunten a ese fascistoide jefecillo de sección que trabaja catorce horas, o a ese pequeño explotador con bigote y maletín que vende tornillos baratos a una gran constructora y que ya ha tenido dos infartos. Son estafados por los de arriba y procuran recuperar pérdidas estafando a los de abajo. Todos pierden.

Ese sindicalista que vendió a la empresa los derechos de aquellos a los que decía representar, ese profesor que incrementó el número de matriculados de su asignatura a base de suspensos para conseguir una ampliación del presupuesto departamental, ese alcalde que concedió el permiso de obra a cambio de una suculenta comisión, ese político que cambió la ley para sentarse a la derecha del gran hermano, estos individuos y esos muchos otros que vieron lo que estaba sucediendo y cobardemente enterraron la cabeza en la arena, todos ellos han ayudado a construir la pirámide.

Han traicionado a la sociedad, y todo a cambio de unas migajas. Un monovolumen, un jacuzzi, un sofá con masaje o una televisión de plasma. Pero, por supuesto, se declaran inocentes. Algunos hasta se creen inocentes. “Cualquier tiempo pasado fue peor”, “este sistema es el menos malo”. “Es el más acorde con la condición humana”, dicen, creyendo, como el mal ladrón, que todos son de su condición. El conjunto de excusas a la traición es una enorme farsa indigerible. España va bien, pero cada vez se vive peor. Ellos, sentados en su sillón con masaje, ignoran la viga en el ojo y se sorprenden y se preguntan qué les pasa a los jóvenes.

Pues les pasa que sus almas están presas en una trampa y eso les duele, y nadie parece comprenderles. Que sus instintos gritan a una razón que ha sido estupidizada. Que están cabreados y no pueden articularlo porque ciertas palabras están prohibidas. A los jóvenes de hoy no les importa nada porque nadie les enseña nada que de verdad valga la pena. Los jóvenes de hoy no tienen metas porque ya no quedan metas. Viven en una triste farsa y no tienen sueños a los que aferrarse. A los jóvenes de hoy se les vende esta mierda de realidad con tan bonitos eufemismos que no pueden entender por qué no son felices. Los jóvenes de hoy no se drogan, se automedican una depresión tan profunda que ni siquiera son conscientes de ella.

Yo conservo la esperanza de que las cosas cambien, pero aún queda mucho por hacer y llevará muchísimo tiempo. Hay que despegarse de la tele de plasma y mirar por la ventana, hay que recobrar la cordura, recuperar las energías, las metas, la voluntad. Hay que asumir los errores, predicar con el ejemplo, recuperar las ganas de un mundo mejor. Así que, señor de cuarenta que se rasga las vestiduras, tiene usted dos opciones: o ponerse manos a la obra a tratar de arreglar el desastre, o seguir chupando de la sopa boba atrincherado en su cinismo. Si opta usted por la segunda opción, al menos háganos un favor y cállese la puta boca.

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Una respuesta to “¿Qué les pasa a los jóvenes?”

  1. David Says:

    Que grande Fuckowski. Muy interesante lo de la piramide

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