Una guerra estúpida

Uri Avnery

Rebelión

Traducido por Carlos Sanchis y revisado por Caty R.

Un detective cuando trata de resolver un crimen siempre pregunta: “¿Cui bono?” (¿Quién se beneficia?) Si intentamos resolver el crimen llamado Segunda Guerra de Líbano, esta pregunta debe encabezar la lista.

Anteayer, cumplido un año completo desde el inicio de la guerra, los medios de comunicación israelíes han dedicado la mayoría de este tiempo al análisis retrospectivo de la guerra. Hora tras hora de programación televisiva, página tras página de prensa.

Cuando estalló la guerra todos los medios de comunicación se posicionaron junto a Olmert. Salvo algunas voces solitarias, los medios de comunicación actuaron como un grupo de animadoras pavoneándose en un partido de fútbol estadounidense. Las manifestaciones antiguerra se ocultaron perfectamente. Por consiguiente tampoco es de extrañar que también esta semana la manifestación antiguerra se haya ignorado completamente y todas las críticas en los medios de comunicación vinieran de la derecha.

Docenas de preguntas incisivas: ¿Por qué se tomó la decisión apresuradamente? ¿Por qué no estaba preparado el ejército? ¿Por qué no estaban listos los reservistas para la guerra? Pero un problema no se ha considerado: ¿Por qué hubo una guerra?

Pregunta nº. 1: ¿Quién estaba situado para beneficiarse?

Para entender por qué estalló la guerra, la pregunta no es quién se benefició de ella en la práctica, la pregunta decisiva es: ¿Quién se habría beneficiado del ataque si hubiera tenido éxito, como estaba planeado?

El mejor situado para obtener las mayores ganancias era el presidente de Estados Unidos, George Bush, que estaba atrapado en el cenagal iraquí y necesitaba desesperadamente un éxito en Oriente Próximo.

El ejército israelí iba a destruir a Hezbolá, supuesto delegado del Eje del Mal, y permitirle al gobierno cliente pro estadounidense de Fouad Siniora tomar el control de todo Líbano. Puesto que nadie dudó de la gran superioridad del ejército israelí sobre una pequeña banda de guerrilleros, era cuestión de días.

Este guión incluía un segundo capítulo: El victorioso ejército israelí provocaría al ejército sirio y, tras una corta guerra, el régimen de Bashar al-Assad se derrumbaría. El Eje de Mal se habría quebrado, la opinión pública estadounidense se convencería de que la “visión” del presidente Bush había sido realizada, la “Democracia” se habría puesto en marcha triunfalmente en Oriente Próximo y el fiasco de Iraq se habría vuelto irrelevante.

El segundo beneficiario sería Ehud Olmert. El primer ministro que por puro accidente relevó a Ariel Sharon y que hasta entonces había sido un actor secundario, habría sido reconocido como un excelente líder, estadista y estratega. Incluso el jamelgo sindicalista al que Olmert puso a cargo de la institución militar habría sacado provecho.

Según este guión se habría eliminado la amenaza al norte de Israel, el arsenal de cohetes estaría destruido, Hezbolá desaparecería del mapa y se habría formado una alianza entre Jerusalén y los clientes estadounidenses de Beirut. Y si Siria también se hubiera derrumbado se conseguía una situación ideal. Toda la amenaza al norte de Israel que preocupó a los estrategas militares israelíes durante décadas -la media luna de Iraq, Siria y Líbano- estaría neutralizada y Olmert habría entrado en la historia como el hombre que había eliminado de la Biblia el versículo 1,14 de Jeremías: “Desde el norte un mal irrumpirá sobre todos los habitantes de la tierra.”

Los beneficiarios indirectos habrían sido los gobernantes de Egipto, Jordania y quizás también Arabia Saudí. Los palestinos habrían quedado todavía más aislados que antes en su lucha.

¿Quién empujó a quién a la guerra? ¿Empujó Bush a Olmert u Olmert a Bush? Pueden pasar años antes de que lo sepamos con seguridad; y en realidad no es tan importante.

Pregunta nº. 2: ¿Quién ha ganado en la práctica?

Para asombro de todos, el ejército israelí fracasó en su tarea. Hezbolá no fue destruido, sino que se mantuvo firme en su territorio contra una máquina militar catalogada como la quinta más fuerte del mundo. La guerra más larga en los anales de Israel desde 1949 acabó en empate. Pero, ¿quién ganó?

Israel no. Ciertamente el ejército del aire destruyó una gran parte del arsenal de misiles de largo alcance de Hezbolá, pero los de corto alcance causaron estragos en la retaguardia israelí y revelaron a todo el mundo árabe lo expuesto que está Israel a este tipo de armas.

Los dos soldados israelíes detenidos –quienes proveyeron la mendaz justificación de la guerra- no fueron liberados. Es verdad que se ha ubicado una fuerza internacional como parachoques entre Israel y Hezbolá y que eso se presentó entonces como un gran logro. Pero antes de la guerra el ejército israelí se oponía inflexiblemente al establecimiento de semejante fuerza. Los militares temían perder su libertad de acción contra Hezbolá. Ahora las fuerzas de la ONU defienden a Hezbolá del ejército israelí tanto como defienden a Israel de Hezbolá.

Estados Unidos tampoco ganó. Según informes filtrados desde Washington el fracaso del ejército israelí enfureció a Bush. Vertió su ira sobre Olmert. El ejército israelí lo defraudó. En el curso de la guerra Bush, con la generosa (y aborrecible) ayuda de varios gobiernos, incluida Alemania, impidió una y otra vez que entrara en vigor un alto el fuego para darle a Israel un poco más de tiempo para cumplir la tarea. No ayudó.

Hezbolá tampoco ganó. Cierto es que su firme posición contra el ejército israelí se ve por muchos como un acto de heroísmo que restaura la dignidad de todo el mundo árabe. Las pérdidas de Hezbolá todavía no se han repuesto. Pero Hassan Nasralá que irradia una integridad extraordinaria, halló necesario admitir en público que él no habría llevado a cabo la incursión inicial en territorio israelí si hubiera sabido lo que seguiría. Se disculpó ante el público libanés por darle a Israel el pretexto para la guerra que causó tanta muerte y destrucción.

Hezbolá es, por encima de todo, una parte del escenario libanés. El objetivo principal de Nasralá es asegurar para Hezbolá -y para sí mismo- una posición dominante en el sistema político de su país. Sus alianzas con Siria e Irán son una consecuencia de este objetivo. La conspiración chií y del terrorista Eje del Mal sólo existe en la fecunda imaginación de George W.

La guerra no ha debilitado la posición de Hezbolá en Líbano. Esto quedó subrayado esta semana cuando el presidente de Francia, Nicolás Sarkozy, invitó a Hezbolá a tomar parte en una conferencia de todos los libaneses en París. Pero parece que la guerra tampoco fortaleció a Hezbolá.

¿Ha ganado Irán? Después de que Estados Unidos le hiciera un favor y destruyera Iraq, que ha servido durante siglos como una barricada entre Irán y el Oriente Próximo árabe, ahora tiene puntos de apoyo tanto en Iraq como en Líbano. Pero esto también tiene sus inconvenientes: La situación está empujando a sus potenciales enemigos, encabezados por Egipto y Arabia Saudí, a acciones preventivas.

Conclusión: Nadie se ha beneficiado de esta guerra, de toda esta muerte y destrucción. El último recuento: En los 34 días de combates murieron 119 soldados israelíes y 39 civiles, así como 1.200 libaneses, combatientes y civiles. Resultaron heridos 2.250 israelíes y 4.400 libaneses. 300.000 israelíes y un millón de libaneses huyeron de sus casas; 200.000 libaneses todavía no han vuelto.

Pregunta nº. 3: ¿Ha sacado Israel alguna conclusión?

Ahora, durante un año todos hemos estado aquí ocupados en “extraer”. De la Comisión de Investigación Winograd al último reportero de televisión, T-o-d-o-s.

Pero esto es una falacia. Como resultado de la conspiración de silencio acerca de las preguntas básicas de la guerra es imposible ocuparse de las raíces del problema.

Todos estamos ocupados, por supuesto, con la rehabilitación del ejército. Gracias a Dios, todo ha cambiado. En lugar del alado Jefe de Estado Mayor, ahora tenemos un comandante cubierto de polvo, Gabi Ashkenazi. Todos los días en televisión vemos el entrenamiento de brigadas, soldados que se arrastran entre los espinos y tanques que encuentran a su paso. Para que la próxima vez (y todos tomemos como evidente que habrá una próxima vez) el ejército israelí esté listo.

Nadie señala lo absurdo de este espectáculo. El ejército no estaba listo para la última guerra, por lo que ahora se está entrenando con gran determinación para la última guerra. La conclusión que se ha sacado ha sido la falta de preparación para la campaña que fue, así que ahora todo está listo para la campaña que debió ser.

Si hay algo que se puede asumir con certeza sobre la próxima guerra, si la hay, es que no será una repetición de la anterior. Los misiles jugarán un papel mucho más importante y llegarán más lejos. Las armas serán más sofisticadas. El campo de batalla será diferente.

Se ha hablado mucho de la incapacidad del gobierno elegido para enfrentarse al mando militar en discusiones sobre la vida y la muerte, empezando una guerra y dirigiendo la campaña. La gente se reconforta por el hecho de que ahora tenemos un “experimentado” ministro de defensa, Ehud Barak, anterior Jefe del Estado Mayor, primer ministro y ministro de Defensa. Pero el cambio de personalidades no provoca necesariamente un cambio en el equilibrio de poderes: También en el futuro, un manojo de políticos que pasan por ser miembros del gobierno no se atreverá a contradecir la visión autoritaria y categórica de la dirección militar que siempre, pero siempre, produce un informe “profesional” de inteligencia para apoyarla.

Este fenómeno ha acompañado a Israel desde su fundación. Un líder fuerte como David Ben-Gurion y acaso Ariel Sharon, pudiera -quizás, quizás- compensar un poco este desequilibrio. Pero el desequilibrio perduraría.

Eso está encontrando ahora su expresión en la charla interminable sobre “la próxima guerra”, “la guerra de este verano”, “un cálculo erróneo que puede provocar una guerra con Siria”, “el ataque inevitable a las instalaciones nucleares de Irán”, y así sucesivamente. Es el ejército quien determina el discurso público. Y como lamentó el antiguo Rabino Mayor de Francia esta semana en Jerusalén: “La paz se ha vuelto una palabra sucia en Israel.”

Casi todas las guerras son estúpidas. La última guerra fue más estúpida que la mayoría. La próxima guerra, si hay una, será más estúpida todavía.

Original en inglés: http://zope.gush-shalom.org/home/en/channels/avnery/1184484639/

Carlos Sanchis y Caty R. pertenecen a los colectivos de Rebelión, Cubadebate y Tlaxcala.

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