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Entrevista a Aleida Guevara (II)

diciembre 6, 2008

Público

Aleida GuevaraNo ha querido ver la película sobre el Che protagonizada por Benicio del Toro. Teme disgustarse si ve algo que no se ajuste fielmente a la imagen que tiene de su padre. La pediatra Aleida Guevara (La Habana, 1960) prefiere menospreciar los recientes ataques de la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, en los que se refería al guerrillero como a un canalla . “Me tiene sin cuidado”, afirma en la residencia del embajador de Cuba en Madrid.

¿Qué le parecieron las declaraciones de Esperanza Aguirre?

Es una expresión propia de la desesperación generada por la crisis capitalista. La desesperación lleva a decir cosas sin sentido. Si lo hubiera dicho alguien a quién yo respeto por su trabajo o dedicación al resto de los seres humanos me hubiera sentido lastimada, pero no en este caso. Esa señora ni me da ni me quita. Cada uno es libre de decir lo que piensa. Lo que es difícil es demostrar que lo que uno dice es cierto.

¿Intentan controlar la explotación de la imagen del Che?

Cada país tiene leyes diferentes y es difícil de controlar su imagen. Siempre hay gente solidaria que nos ayuda. No queremos dinero, lo que queremos es que dejen de usar la imagen de mi papá de mala manera. No tienen el derecho a hacerlo.

¿Ha visto Che, la película sobre su padre?

Me he negado a verla. El Centro de Estudios Che Guevara trató de ayudar en el guión. Pero era una película de Hollywood y no les tuvieron en cuenta. A mi madre no le gustó. Es historiadora y no acepta que se cambien los hechos del proceso revolucionario.

¿Sueña con nuevas revoluciones como las que intentó su padre?

Yo no sé cuál es ahora la manera más bonita de llegar al poder. Chávez llegó al poder según la supuesta democracia que le gusta a todo el mundo aquí, de esas de cuatro partidos. Luego le dieron varios intentos de golpe de Estado.

¿Cuál es su concepto de la libertad?

Es sentirme con derecho de decir lo que pienso y me lo tengan en cuenta. Cuando no tengo miedo a mi enemigo, por muy poderoso que sea, y me intente aplastar porque yo tengo la razón. Esa es la libertad de la que disfrutamos en Cuba. Creo que es uno de los países más libres del mundo por no decir el más libre.

¿El más libre?

Siempre me preguntan eso en Europa. ¿Qué libertad tienen aquí? Ponen una película en la televisión y te la cortan para decirte lo que tienes que hacer y lo que tienes que comprar. Además no hay información adecuada. Si no sabes lo que está pasando no puedes decidir. Si hago caso a las noticias sobre el País Vasco no iría nunca allí por miedo.

¿Y la dureza contra la oposición cubana?

Todos cometemos errores. Muchas veces por temor al enemigo nos hemos equivocado. Eso es pésimo para nuestra sociedad. Por eso tenemos que resolver esos problemas y en eso estamos trabajando. Lo importante es aprender de los errores y no volverlos a repetir.

¿Por qué las mujeres no tienen visibilidad en los altos cargos cubanos?

A mí no me interesa si la persona que me dirige es hombre o mujer, me interesa que sea el mejor. Hemos tenido muchas ministras y parlamentarias. Tenemos las mismas oportunidades, pero somos las propias mujeres cubanas las que generamos machismo en nuestros hogares.

¿Qué le parecen las reformas de Raúl Castro?

No son reformas. Se trata de maneras diferentes de trabajar. Raúl delega más. Pero nosotros la verdad es que ni los comparamos. Fidel y Raúl son magníficos comunistas y revolucionarios.

¿Qué espera de Obama?

Del pobre hombre se espera mucho. Lo más importante es saber si va a resolver la crisis económica de su país. Lo que queremos es que nos dejen tranquilos y dejen de apoyar a los terroristas de origen cubano en Florida.

¿Cómo afectará la crisis económica a Cuba?

En la crisis que vive el capitalismo vamos a ser los menos afectados. Ustedes tienen que ver con la banca mundial mientras nosotros vemos lo que les está pasando. Su preocupación ahora es las luces que van a poner en Navidad, nosotros no tenemos esos problemas.

¿Y el precio de los productos que importan?

Siempre vamos a sentir los ramalazos. Vivimos en el mismo planeta, aunque a veces no lo parezca.

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Conversaciones con Chávez y Castro

diciembre 3, 2008

Sean Penn

The Nation

Joe Biden, quien pronto iba a ser el vicepresidente electo de mi país, alentaba a las tropas: “No podemos seguir dependiendo de Arabia Saudí o de un dictador venezolano para la energía”. Bueno, yo sé muy bien lo que es Arabia Saudí. Pero como en 2006 estuve en Venezuela visitando ranchitos, mezclándome con la acaudalada oposición y pasando días y horas entre los seguidores del presidente, me pregunté –sin preguntármelo– a quién se estaría refiriendo el senador Biden.

Sean Penn con Hugo ChávezHugo Chávez Frías es el presidente democráticamente elegido de Venezuela, y cuando digo democráticamente quiero decir que se ha presentado una y otra vez ante los votantes en elecciones avaladas por observadores internacionales y ha logrado grandes mayorías en un sistema que, a pesar de sus defectos e irregularidades, ha dado a sus oponentes la oportunidad de que lo derroten y ocupen su cargo, tanto en un referéndum nacional el año pasado como en las recientes elecciones regionales de noviembre.

En cambio las palabras de Biden representaban la clase de retórica que nos metió hace muy poco en una costosa guerra en la que se pierden vidas y dinero, en una guerra que si bien derrocó a un pendejo en Iraq, también ha derrocado los principios más dinámicos sobre los cuales se fundó Estados Unidos, ha reforzado el reclutamiento de Al Qaeda y ha conducido a la deconstrucción de las fuerzas armadas estadounidenses.

A estas alturas, el pasado mes de octubre de 2008 ya había digerido mis anteriores visitas a Venezuela y Cuba y el tiempo que pasé con Chávez y Fidel Castro. Soy cada vez más intolerante con la propaganda. Incluso si el propio Chávez tiene tendencia a la retórica, nunca ha sido el causante de una guerra. Así que decidí hacerle otra visita con la esperanza de desmitificar a ese “dictador”. Para entonces ya había llegado a comentar con mis amigos en privado: “Es verdad, puede que Chávez no sea un hombre bueno, pero también es posible que sea un gran hombre”.

Entre las personas a quienes dije esto se encontraban el historiador Douglas Brinkley y Christopher Hitchens, el columnista de Vanity Fair. Los dos eran complementos perfectos. Brinkley es un pensador muy estable, cuyo código ético de historiador garantiza su adhesión a pruebas insuperablemente razonadas. Hitchens, un astuto artesano de la palabra siempre demasiado imprevisible en sus preferencias, es un valor seguro desde cualquier punto de vista, que una vez en una tertulia televisiva calificó a Chávez de “payaso rico en petróleo”. Aunque Hitchens es igual de íntegro que brillante, puede ser combativo hasta la intimidación, como lo demostró una vez con sus duros comentarios sobre Cindy Sheehan, la santa activista contra la guerra. Brinkley e Hitchens equilibrarían cualquier sesgo que percibieran en mi escritura, además de ser un par de tipos con quienes me lo paso muy bien y a quienes quiero mucho.

De modo que llamé a Fernando Sulichin, un viejo amigo y productor de cine independiente de Argentina con buenas conexiones y le pedí que los hiciera investigar y obtuviese el visto bueno para entrevistar a Chávez. Además, queríamos volar desde Venezuela a La Habana, así que le pedí a Fernando que solicitara entrevistas por cuenta nuestra con los hermanos Castro, la más urgente con Raúl, quien en febrero había tomado las riendas del poder de manos de un Fidel enfermo y nunca había otorgado una entrevista a un extranjero. Yo había viajado a Cuba en 2005, cuando tuve la fortuna de encontrarme con Fidel, y estaba ansioso por hacerle una entrevista al nuevo presidente. El teléfono sonó a las 2 de la tarde del día siguiente.

–Mi hermano –dijo Fernando–, lo logré.

Nuestro vuelo de Houston a Caracas se retrasó por problemas mecánicos. Era la 1 de la madrugada, y mientras esperábamos, Hitchens daba vueltas impaciente de un lado para otro.

–Los problemas casi nunca vienen solos –dijo.

Debió gustarle cómo sonó, porque volvió a decirlo. Era el pesimista de Dios. Le dije:

–Hitch, va a salir bien. Nos van a conseguir otro avión y llegaremos a tiempo.

Pero el pesimista de Dios es en realidad el pesimista ateo de Dios. Y yo no tardaría en ser testigo de la claridad de su ateísmo. De hecho, hubo otro problema. Bueno, salió bien y mal, como se verá. Despegamos dos horas después.

Cuando aterrizamos en el aeropuerto de Caracas, Fernando estaba allí para recibirnos. Nos condujo a una terminal privada, donde esperamos la llegada del presidente Chávez, quien nos llevó con él de gira electoral a la maravillosa Isla Margarita en plena campaña para las elecciones a gobernador.

Sean Penn Chávez

Pasamos los dos días siguientes en la constante compañía de Chávez, con muchas horas de reuniones a solas entre los cuatro. En las dependencias privadas del avión presidencial descubrí que cuando Chávez habla de béisbol su dominio del inglés sube de grado. Cuando Douglas le pregunta si habría que abolir la Doctrina Monroe, Chávez –que quiere escoger cuidadosamente sus palabras– regresa al español para explicar los matices de su posición contra dicha doctrina, que ha justificado la intervención estadounidense en Latinoamérica durante casi dos siglos.

–Hay que romper la Doctrina Monroe –dice–. Hemos tenido que aguantarla durante más de doscientos años. Siempre vuelve al viejo enfrentamiento de Monroe con Bolívar. Jefferson solía decir que Estados Unidos debería tragarse una tras otra las repúblicas del sur. El país en el que nacisteis se basó en una actitud imperialista.

Los servicios venezolanos de inteligencia le dicen que el Pentágono tiene planes para invadir su país.

–Sé que están pensando en invadir Venezuela –dice. Parece que ve el fin de la Doctrina Monroe como una medida de su destino–. Nadie podrá volver aquí para exportar nuestros recursos naturales.

¿Le preocupa la reacción de Estados Unidos a sus atrevidas declaraciones sobre la Doctrina Monroe? Cita a José Gervasio Artigas, el luchador uruguayo por la libertad:

–Con la verdad no ofendo ni temo.

Hitchens está sentado en silencio, tomando notas durante toda la conversación. Chávez reconoce un brillo escéptico en sus ojos.

Hazme una pregunta. Hazme la pregunta más difícil.

Ambos comparten una sonrisa. Hitchens le pregunta:

–¿Cuál es la diferencia entre usted y Fidel?”

Chávez dice:

–Fidel es comunista, yo no. Yo soy socialdemócrata. Fidel es marxista-leninista. Yo no. Fidel es ateo. Yo no. Un día discutimos sobre Dios y Cristo. Le dije a Castro: “Yo soy cristiano. Creo en los Evangelios Sociales de Cristo”. Él no. Simplemente no cree. Más de una vez Castro me ha dicho que Venezuela no es Cuba, que no estamos en los años sesenta.

–Ya ve –dice Chávez–. Venezuela tiene que tener un socialismo democrático. Castro ha sido un profesor para mí. Un maestro. No en ideología, sino en estrategia.

Tal vez irónicamente, John F. Kennedy es el presidente de Estados Unidos favorito de Chávez.

–Yo era un muchacho –dice-. Kennedy era la fuerza impulsora de la reforma en Estados Unidos.

Sorprendido por la afinidad de Chávez por Kennedy, Hitch se suma a la conversación y menciona el plan económico de Kennedy para Latinoamérica, contrario a Cuba.

–¿Fue algo bueno la Alianza para el Progreso?

Hugo Chávez y Sean Penn–Sí –dice Chávez–. La Alianza para el Progreso fue una propuesta política para mejorar las condiciones. Apuntaba a reducir la diferencia social entre culturas.

La conversación entre los cuatro continuó en autobuses, en mítines y en inauguraciones en toda Isla Margarita. Chávez es incansable. Se dirige a cada nuevo grupo durante horas bajo un sol ardiente. Duerme como máximo cuatro horas por la noche y pasa la primera hora de la mañana leyendo noticias del mundo. Y una vez que está en pie, es incontenible a pesar del calor, de la humedad y de las dos capas de camisetas rojas revolucionarias que lleva puestas.

Tres eran mis motivaciones primordiales para este viaje: incluir las voces de Brinkley e Hitchens, profundizar mi conocimiento de Chávez y de Venezuela y ejercitar mi mano de escritor, así como recabar la ayuda de Chávez para que convenciese a los hermanos Castro de que nos recibieran a los tres en La Habana. Aunque Fernando me había dicho que la tercera parte del puzzle estaba aprobada y confirmada, en algún lugar de nuestros intercambios culturales, lingüísticos y telefónicos había habido un malentendido. Mientras tanto, CBS News estaba esperando un informe de Brinkley, Vanity Fair uno de Hitchens y yo escribía por cuenta de The Nation.

Al cabo de tres días en Venezuela le dimos las gracias al presidente Chávez por el tiempo que nos había dedicado, los cuatro allí parados entre el personal de seguridad y la prensa en el Aeropuerto Santiago Marino de Isla Margarita. Brinkley tenía una última pregunta que hacerle, y yo también.

–Señor presidente –le dijo-, si Barack Obama sale elegido presidente de Estados Unidos, ¿aceptaría usted una invitación para volar a Washington y reunirse con él?

Chávez dijo sin dudarlo:

–Sí.

Cuando me tocó a mí, le dije:

–Señor presidente, para nosotros es importante que nos reciban los Castro. Es imposible contar la historia de Venezuela sin incluir a Cuba y es imposible contar la historia de Cuba sin los Castro.

Chávez nos prometió que llamaría al presidente Raúl Castro en cuanto estuviera en su avión y que se lo pediría en nuestro nombre, pero nos advirtió que era poco probable que Fidel, el hermano mayor, pudiera responder tan rápido, ya que ahora está escribiendo y reflexionando mucho, no viendo a mucha gente. Tampoco podía hacer promesa alguna con respecto a Raúl. Chávez subió a su avión y vimos cómo partía.

A la mañana siguiente volamos a La Habana. Lo diré todo: el Ministerio del Poder Popular para la Energía y Petróleo de Venezuela nos prestó un avión. Si alguien quiere referirse a eso como un soborno, que haga lo que quiera. Pero cuando lea el próximo informe de un periodista que viaja en el Air Force One o que sube a bordo de un avión de transporte militar de Estados Unidos, que por favor repudie también ese artículo. Apreciamos el lujo de aquel viaje, pero eso no ha influenciado el contenido de nuestros reportajes.

“Muy pocas veces los problemas vienen solos”

Yo estaba arriesgando mucho. El hecho de subir al avión hacia La Habana sin tener garantía alguna de que iba a ver a Raúl Castro me llenaba de ansiedad. Christopher había cancelado a última hora varios compromisos de conferencias importantes para hacer el viaje. No acostumbra a dejar colgada a la gente. De modo que, para él, era lo tomas o lo dejas y se estaba poniendo nervioso. Douglas, profesor de Historia en la Universidad Rice, tenía que volver de forma inminente a sus obligaciones académicas. Fernando sentía el peso de que esperásemos de él que fuera nuestro ariete. Y yo, bueno, contaba con la llamada de Chávez a Castro, tanto para obtener la entrevista como para salvar mi culo ante mis compañeros.

Aterrizamos en La Habana cerca del mediodía y en la pista de aterrizaje nos recibieron Omar González Jiménez, presidente del ICAIC (Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos), y Luis Alberto Notario, jefe del ala de coproducción internacional del Instituto. Había estado con ambos durante mi anterior viaje a Cuba. Comenzamos a hablar de cosas personales de camino a la oficina de aduana, hasta que Hitch se adelantó y, sin vergüenza alguna, le exigió a Omar:

–Señor, ¡tenemos que ver al presidente!

–Sí –respondió Omar–. Estamos informados de su solicitud y hemos informado al presidente. Estamos todavía esperando su respuesta.

Durante el resto de ese día y hasta la tarde siguiente torturamos a nuestros anfitriones con un incesante son de tambor: Raúl, Raúl, Raúl. Supuse que si Fidel estaba en condiciones y podía encontrar el tiempo necesario, llamaría. Y si no, yo seguiría agradecido por nuestro encuentro anterior y se lo dije en una nota que le envié a través de Omar. De Raúl sólo sabía por lo que había leído y no tenía la menor idea de si nos vería o no.

Los cubanos son gente particularmente calurosa y hospitalaria. Mientras nuestros anfitriones nos llevaban por la ciudad, me di cuenta de que la cantidad de coches estadounidenses de los años cincuenta había disminuido incluso en los pocos años que habían pasado desde mi último viaje, para ser reemplazados por coches rusos más pequeños. Al pasar rápidamente por el Malecón ante la Sección de Intereses de Estados Unidos –de agresivo aspecto– donde las olas que se rompen contra la orilla salpican a los coches de pasada, noté algo casi indescriptible de la atmósfera en Cuba: la presencia palpable de una historia arquitectónica y humana en un pequeño trozo de tierra rodeado de agua. Incluso el visitante siente el espíritu de una cultura que proclama de diversas maneras, “Éste es nuestro sitio especial”.

Serpenteamos a través de La Habana Vieja, y en una exposición revestida de vidrio que hay frente al Museo de la Revolución vimos el Granma, el barco que transportó a los revolucionarios cubanos desde México en 1956. Continuamos hacia el Palacio de Bellas Artes, con su colección de muestras apasionadas y políticas, que es un corte transversal de la profunda reserva de talento de Cuba. Luego visitamos el Instituto Superior de Artes y después fuimos a cenar con el presidente de la Asamblea Nacional, Ricardo Alarcón, y Roberto Fabelo, un pintor al que invitaron al saber que yo había expresado aquella tarde mi aprecio por su obra durante la visita al museo. A medianoche aún no había noticias de Raúl Castro. Después, nos llevaron a la casa del protocolo, donde descansamos hasta el alba.

A mediodía del día siguiente, el reloj sonaba con machaconería en nuestros oídos. Nos quedaban dieciséis horas en La Habana antes de que tuviéramos que ir al aeropuerto para tomar nuestros vuelos de regreso. Estábamos sentados alrededor de una mesa en La Castellana, un lujoso bodegón de La Habana Vieja, con un gran grupo de artistas y músicos que, dirigidos por el reputado pintor cubano Kcho, habían establecido la Brigada Marta Machado, una organización de voluntarios que ayuda a las víctimas de los huracanes Ike y Gustav en la Isla de la Juventud. La brigada tiene pleno apoyo de dinero, aviones y personal del gobierno, algo que habría sido la envidia de nuestros voluntarios en la Costa del Golfo después del huracán Katrina. También se juntó con nosotros para el almuerzo Antonio Castro Soto del Valle, un apuesto joven de carácter modesto, de 39 años, que es hijo de Fidel. Antonio, que estudió Medicina, es el médico del equipo nacional de béisbol de Cuba. Tuve una breve pero agradable charla con él y volví a repetirle nuestro deseo de ver a Raúl.

El reloj ya no sonaba, aporreaba. Omar me dijo que dentro de muy poco conoceríamos la decisión del presidente. Con los dedos cruzados, Douglas, Hitch, Fernando y yo volvimos a la casa del protocolo para hacer nuestras maletas de antemano. A las 6 de la tarde nos quedaban diez horas. Yo estaba sentado abajo, en la sala de estar, leyendo bajo la brumosa luz del ocaso vespertino. Hitch y Douglas estaban arriba en sus habitaciones, supongo que durmiendo la siesta para vencer la ansiedad. Y en el sofá, a mi lado, Fernando roncaba.

Entonces apareció Luis ante nuestra puerta de entrada, que estaba abierta. Lo miré por encima de mis gafas mientras me hacía un gesto muy directo. Sin palabras, señalé con el dedo hacia la parte de arriba de las escaleras, donde estaban acostados mis compañeros. Pero Luis meneó la cabeza como si se estuviese disculpando.

–Sólo usted –dijo.

El presidente había tomado su decisión.

Pude escuchar en mis oídos el eco de las dudas de Hitch, “son muy pocas las veces que los problemas vienen solos”. ¿Se refería a mí? Et me, Bruto? En cualquier caso, me eché la mano al bolsillo trasero para asegurarme de que tenía mi libreta de notas venezolanas, busqué mi pluma, agarré mis gafas y salí con Luis. Justo antes de cerrar la portezuela del coche que nos estaba esperando, escuché la voz de Fernando que me llamaba:

–¡Sean!

El coche arrancó.

Voy a ver al mago

En Estados Unidos el presidente cubano Raúl Castro, antiguo ministro de Defensa de la isla, está considerado como un “frío militarista” y un “títere” de Fidel. Pero el joven revolucionario con coleta de la Sierra Maestra está demostrando que las serpientes se equivocan. Por cierto, el “raulismo” está creciendo junto con un reciente auge económico industrial y agrícola. El legado de Fidel, como el de Chávez, dependerá de la sostenibilidad de una revolución flexible, que pueda sobrevivir a la partida de su líder por muerte o renuncia. Fidel ha sido subestimado una vez más por el Norte. Al elegir a su hermano Raúl ha puesto las decisiones políticas diarias de su país en una manos formidables. En un informe del Consejo de Asuntos Hemisféricos, el portavoz del Departamento de Estado, John Casey, reconoció que el raulismo podría llevar a una “mayor apertura y libertad para el pueblo cubano”.

Muy pronto me veo sentado a una pequeña mesa lustrada en un despacho del gobierno, con el presidente Castro y un traductor.

–Fidel me llamó hace un momento -me dice–. Quiere que lo llame después de que hayamos hablado.

Hay un humor en la voz de Raúl que recuerda una vida de afectuosa tolerancia por el ojo vigilante de su gran hermano.

–Quiere saber todo sobre lo que hablamos –dice con risita de sabio–. Nunca me gustó la idea de conceder entrevistas –añade–. Uno dice muchas cosas, pero cuando se publican aparecen recortadas, condensadas. Las ideas pierden su significado. Me han dicho que sus películas son largas. Quién sabe si su periodismo será largo también.

Le prometo que escribiré lo más rápido posible y que imprimiré todo lo que escriba. Me dice que ha prometido informalmente a otros su primera entrevista como presidente y, como no quiere multiplicar lo que podría ser interpretado como un insulto, me ha escogido a mí solo, sin mis compañeros.

Castro y yo compartimos sendas tazas de té.

–Hoy hace cuarenta y seis años, exactamente a esta hora, movilizamos las tropas. Almeida en el Oeste, Fidel en La Habana, yo en Oriente. A mediodía habían anunciado que en Washington el presidente Kennedy iba a pronunciar un discurso. Fue durante la crisis de los misiles. Preveíamos que el discurso sería una declaración de guerra. Después de su humillación en Bahía de Cochinos, la presión de los misiles [que según afirma Castro eran estrictamente defensivos] representaría una gran derrota para Kennedy. Kennedy no toleraría esa derrota. Hoy estudiamos con mucho cuidado a los candidatos en Estados Unidos, estamos centrados en McCain y Obama. Miramos con lupa todos sus viejos discursos. En particular los pronunciados en Florida, donde oponerse a Cuba se ha convertido en un negocio rentable para muchos. En Cuba tenemos sólo un partido, pero en Estados Unidos hay muy poca diferencia. Ambos partidos son una expresión de la clase gobernante.

Dice que los miembros actuales del lobby cubano de Miami son descendientes de la riqueza de la era de Batista o terratenientes internacionales “que sólo pagaron centavos por su tierra” mientras Cuba vivía bajo el dominio absoluto de Estados Unidos durante sesenta años.

–La reforma agraria de 1959 fue el Rubicón de nuestra Revolución. Una sentencia de muerte para nuestras relaciones con Estados Unidos.

Castro parece estudiarme mientras toma otro sorbo de té.

–En aquel momento no se discutía de socialismo ni de ningún trato de Cuba con Rusia. Pero la suerte estaba echada.

Después de que el gobierno de Eisenhower atentó contra dos barcos con un cargamento de armas que iban a Cuba, Fidel extendió su mano a antiguos aliados. Dice Raúl:

–Se las pedimos a Italia. ¡No! Se las pedimos a Checoslovaquia. ¡No! Nadie nos daba armas para defendernos, porque Eisenhower los había presionado. Así que cuando Rusia nos las dio no tuvimos tiempo para aprender a utilizarlas antes de que Estados Unidos nos atacase en Bahía de Cochinos.

Se ríe y se dirige a un servicio adyacente, desapareciendo un momento tras una pared, tras lo cual vuelve de inmediato a la sala, y bromea:

–A los 77 años es culpa del té.

Bromas aparte, Castro se mueve con la agilidad de un hombre joven. Hace ejercicio a diario, sus ojos brillan al mirar y su voz es potente. Reanuda la conversación donde la dejó.

–Sabes, Sean, hay una famosa fotografía de Fidel de cuando la invasión de Bahía de Cochinos. Él está parado frente a un tanque ruso. Todavía no sabíamos ni siquiera cómo dar marcha atrás con aquellos tanques –se ríe–. ¡La retirada no está entre nuestras opciones!

Raúl Castro se muestra cálido, abierto, lleno de energía y hace alarde de una aguda inteligencia.

Retomo el asunto de las elecciones estadounidenses y le repito la pregunta que Brinkley le hizo a Chávez:

–¿Aceptaría Castro una invitación a Washington para reunirse con el presidente Obama, suponiendo que gane, sólo pocas semanas después?

Raúl Castro reflexiona:

–Es una pregunta interesante –dice, y se sume en un largo, incómodo silencio, hasta que termina por añadir–: Estados Unidos tiene el proceso electoral más complicado del mundo. Hay ladrones electorales con mucha experiencia en el lobby cubano-americano de Florida…

Lo interrumpo:

–Creo que ese lobby se está deshaciendo -y con la seguridad de un optimista a toda prueba, añado–: Obama va a ser nuestro próximo presidente.

Castro sonríe, al parecer a causa de mi candidez, pero su sonrisa desaparece mientras dice:

–Si no lo matan antes del 4 de noviembre será su próximo presidente.

Le señalo que todavía no ha respondido a mi pregunta sobre el encuentro en Washington.

–Sabes –dice–, he leído las declaraciones que ha hecho Obama sobre que mantendrá el bloqueo.

Hago un breve comentario:

–Utilizó la palabra embargo.

–Sí –dice Castro–, el bloqueo es un acto de guerra, así que los estadounidenses prefieren hablar de embargo, una palabra que se utiliza en documentos legales… Pero, en cualquier caso, sabemos que se trata de lenguaje preelectoral y que también ha dicho que está dispuesto a discutir con cualquiera.

Raúl interrumpe su propio discurso:

–Probablemente estés pensando, vaya, el hermano habla tanto como Fidel –nos reímos los dos–. No suele ser así, pero ya sabes, Fidel… una vez había una delegación aquí, en esta sala, de China. Varios diplomáticos y un joven traductor. Creo que era la primera vez que el traductor estaba con un jefe de Estado. Habían tenido un vuelo muy largo y estaban bajo los efectos del desfase horario. Fidel, por supuesto, lo sabía, pero siguió hablando durante horas. Pronto, a uno que estaba al final de la mesa, justo ahí [señala una silla cercana] se le empezaron a cerrar los ojos. Luego a otro, y a otro. Pero Fidel seguía hablando. No pasó mucho tiempo hasta que todos, incluido el de más rango, al que Fidel le había estado dirigiendo directamente la palabra, estaban roncando. Así que Fidel volvió los ojos hacia el que estaba despierto, el joven traductor, y siguió conversando con él hasta el amanecer.

A aquellas alturas de la historia, tanto Raúl como yo nos desternillábamos de risa. Yo sólo me había reunido una vez con Fidel, cuya mente asombrosa y cuya pasión eran un manantial de palabras. Pero me bastó como muestra. El único que no se reía cuando Raúl Castro retomó el hilo fue nuestro traductor.

–En mi primera declaración después de que Fidel cayera enfermo dije que estamos dispuestos a discutir sobre nuestras relaciones con Estados Unidos de igual a igual. Más tarde, en 2006, lo dije de nuevo en un discurso en la Plaza de la Revolución. Los medios estadounidenses se burlaron diciendo que yo estaba aplicando cosmética a la dictadura.

Le ofrezco otra oportunidad de hablar al pueblo estadounidense. Responde:

–Los estadounidenses son nuestros vecinos más inmediatos. Deberíamos respetarnos. Nosotros no hemos tenido nunca nada contra el pueblo estadounidense. Unas buenas relaciones serían mutuamente ventajosas. Quizá no podamos resolver todos nuestros problemas, pero podremos resolver muchos de ellos.

Hace una pausa y medita lentamente un pensamiento.

–Voy a decirte algo que no he dicho nunca antes en público. En algún momento alguien del Departamento de Estado lo filtró, pero lo silenciaron de inmediato por miedo al electorado de Florida, aunque ahora, cuando se lo diga, el Pentágono pensará que soy indiscreto.

Contengo la respiración mientras espero sus palabras.

–Desde 1994 hemos estado en contacto permanente con los militares estadounidenses, por acuerdo mutuo secreto –me dice Castro–. Se basó en la premisa de que discutiríamos asuntos únicamente relacionados con Guantánamo. El 17 de febrero de 1993, tras una petición de Estados Unidos de que discutiésemos asuntos relacionados con localizadores de boyas para la navegación de barcos en la bahía, fue el primer contacto en la historia de la Revolución. Entre el 4 de marzo y el 1 de julio tuvo lugar la crisis de los balseros. Se estableció una línea directa entre nuestros dos ejércitos y el 9 de mayo de 1995 nos pusimos de acuerdo para celebrar reuniones mensuales con altos cargos de ambos gobiernos. Hasta la fecha, ha habido 157 reuniones y todas ellas están grabadas. Las reuniones tienen lugar el tercer viernes de cada mes. Alternamos las localizaciones entre la base estadounidense en Guantánamo y el territorio cubano. Hemos realizado maniobras conjuntas de respuesta a emergencias. Por ejemplo, prendemos un fuego y los helicópteros estadounidenses traen agua de la bahía, de concertación con helicópteros cubanos. [Antes de esto] la base estadounidense en Guantánamo sólo había creado caos. Habíamos perdido guardias fronterizos y tenemos pruebas gráficas de ello. Estados Unidos había alimentado la emigración ilegal, llena de peligros, y sus guardacostas interceptaban a los cubanos que trataban de abandonar la isla. Los traerían a Guantánamo e iniciamos una mínima cooperación. Pero nosotros dejaríamos de guardar nuestra costa. Si alguien quería irse, les dijimos, que se fuera. Y así, con los asuntos de navegación empezamos a colaborar. Ahora, en las reuniones de los viernes siempre hay un representante del Departamento de Estado. –No da ningún nombre. Continúa–: El Departamento de Estado tiene tendencia a ser menos razonable que el Pentágono. Pero ninguno levanta la voz porque… yo no participo. Porque yo hablo fuerte. Es el único lugar en el mundo donde esos dos militares se reúnen en paz.

–¿Y qué pasa con Guantánamo? –le pregunto.

–Te diré la verdad –dice Castro–. La base es nuestro rehén. Como presidente digo que Estados Unidos debe irse. Como militar digo que los dejemos quedarse.

En mi interior empiezo a preguntarme si está a punto de revelarme una gran noticia. ¿O será de poca importancia? Nadie debería sorprenderse de que los enemigos se hablen por detrás del escenario. Lo que sí es una sorpresa es que me lo esté contando. Y, con ello, doy un rodeo y regreso al asunto de un encuentro con Obama.

–En el caso de que se celebrase una reunión entre usted y el próximo presidente, ¿cuál sería la primera prioridad de Cuba?

Sin dudarlo, responde:

–Normalizar el comercio.

La indecencia del embargo estadounidense contra Cuba nunca ha sido más evidente que ahora, en la estela de tres huracanes devastadores. Las necesidades del pueblo cubano nunca han sido más desesperadas. El embargo es sencillamente inhumano y totalmente improductivo. Raúl continúa:

–La única razón del embargo es hacernos daño. Nada puede disuadir a la Revolución. Dejemos que los cubanos vengan de visita con sus familias. Dejemos que los estadounidenses vengan a Cuba.

Parece como si estuviera diciendo, dejémoslos venir a ver esta terrible dictadura comunista de la que no cesan de escuchar en la prensa, donde incluso representantes del Departamento de Estado y destacados disidentes reconocen que en unas elecciones libres y abiertas en Cuba, el Partido Comunista que gobierna obtendría hoy el 80% de los votos. Le enumero una lista de varios conservadores estadounidenses que han criticado el embargo, desde el fallecido economista Milton Friedman a Colin Powell, pasando incluso por el senador republicano de Texas Kay Bailey Hutchison, quien dijo, “Hace tiempo que vengo pensando que deberíamos buscar una nueva estrategia para Cuba. Y ésta consiste en establecer más comercio, sobre todo comercio de productos alimentarios, especialmente si podemos ofrecer al pueblo más contacto con el mundo exterior. Y si podemos remontar la economía eso podría servir para que la gente fuera más capaz de luchar contra la dictadura.”

Ignorando el desaire, Castro replica con descaro:

–Aceptamos el reto.

A estas alturas ya hemos pasado del té al vino tinto y a la cena.

–Déjame decirte algo –dice–. Hemos hecho nuevas prospecciones, según las cuales hay grandes posibilidades de reservas de petróleo en nuestro litoral, que las compañías estadounidenses podrían venir a perforar. Podemos negociar. Estados Unidos está protegido por las mismas leyes comerciales cubanas que protegen a cualquier otro país. Quizá pueda haber reciprocidad. Hay 110.000 km cuadrados de mar en el área dividida. Dios no sería justo si no nos concediese algún petróleo. No creo que nos prive de esa manera.

De hecho, el US Geological Survey calcula que en el área hay reservas de nueve mil millones de barriles de petróleo y 31 billones de pies cúbicos de reservas de gas natural en la cuenca marítima del norte de Cuba. Ahora que han mejorado las inestables relaciones con México de los últimos tiempos, Castro está tratando también de mejorarlas con la Unión Europea.

–Las relaciones con la EU deberían mejorar cuando se vaya Bush –dice confiado.

–¿Y con Estados Unidos? –le pregunto.

–Escucha –dice–, tenemos tanta paciencia como los chinos. El 77% de nuestra población ha nacido después del bloqueo. Soy el ministro de Defensa que más ha durado en toda la historia. Cuarenta y ocho años y medio hasta el pasado octubre. Por eso visto este uniforme y sigo trabajando en mi antiguo despacho. No hemos tocado nada en el despacho de Fidel. En las maniobras militares del Pacto de Varsovia yo era el más joven y el que más tiempo estaba en el cargo. Luego fui el más antiguo y sigo siendo el que más tiempo estuvo. Iraq es un juego de niños en comparación con lo que le pasaría a Estados Unidos si invadiese Cuba. –Tras un sorbo de vino, Castro añade–: Prevenir una guerra equivale a ganarla. Ésa es nuestra doctrina.

Una vez terminada la cena, el presidente y yo salimos por de unas puertas correderas de vidrio a una terraza que parece un invernadero con plantas tropicales y pájaros. Mientras continuamos paladeando el vino, dice:

–Hay una película americana en la que la elite está sentada en torno a una mesa y trata de decidir quién será el próximo presidente. Miran por la ventana y ven al jardinero. ¿Sabes a qué película me refiero?

Being There – digo.

–¡Eso! –responde Castro con excitación–- Being There. Me gustó mucho. Con Estados Unidos existe cualquier posibilidad objetiva. Los chinos dicen: “En el camino más largo uno empieza con el primer paso”. El presidente de Estados Unidos debería dar ese primer paso, pero sin amenazar nuestra soberanía. Eso no es negociable. Podemos exigir sin decirle al otro lo que tiene que hacer dentro de sus fronteras.

–Señor Presidente –digo–, durante el último debate presidencial en Estados Unidos vimos cómo John McCain alentaba el acuerdo de libre comercio con Colombia, un país conocido por sus escuadrones de la muerte y sus asesinatos de líderes obreros, y esas relaciones continúan mejorando, conforme el gobierno de Bush trata de hacer avanzar ese acuerdo en el Congreso. Como bien sabe, acabo de llegar de Venezuela, país al que, al igual que a Cuba, el gobierno de Bush considera una nación enemiga, incluso si les compramos mucho petróleo. Se me ocurre que Colombia puede razonablemente convertirse en nuestro aliado geográficamente estratégico en Sudamérica, de la misma manera que Israel lo es en el Oriente Próximo. ¿Tiene algún comentario que hacer?

Medita cuidadosamente la pregunta y me responde en un tono lento y calculado:

–En estos momentos –dice– tenemos buenas relaciones con Colombia. Pero debo decir que si hay un país en Sudamérica con un entorno vulnerable a eso… es Colombia.

Teniendo en mente las sospechas de Chávez sobre las intenciones estadounidenses de intervenir en Venezuela, respiro hondo.

Se está haciendo tarde, pero no quería irme sin preguntarle a Castro sobre las alegaciones de violaciones de derechos humanos y el narcotráfico, supuestamente facilitado por el gobierno cubano. Un informe de 2007 de Human Rights Watch señala que Cuba “sigue siendo el único país en Latinoamérica que reprime casi cualquier forma de disidencia política”. Además, hay unos 200 prisioneros políticos en Cuba hoy en día, aproximadamente el 4% de los cuales están condenados por crímenes de disidencia no violenta. Mientras espero los comentarios de Castro, no puedo evitar pensar en la cercana prisión estadounidense de Guantánamo y en los horrendos crímenes que Estados Unidos comete contra los derechos humanos.

–Ningún país está libre de abusos contra los derechos humanos al cien por cien –me dice Castro. Pero insiste–: Los informes de los medios estadounidenses son muy exagerados e hipócritas.

De hecho, incluso destacados disidentes cubanos, como Eloy Gutiérrez Menoyo, reconocen estas manipulaciones y acusan a la Oficina de Intereses de Estados Unidos de obtener testimonios disidentes por medio de pagos en metálico. Irónicamente, en 1992 y 1994 Human Rights Watch también describió desórdenes e intimidaciones por parte de grupos anticastristas en Miami, descritas por el escritor y periodista Reese Erlich como “violaciones normalmente asociadas con dictaduras latinoamericanas”.

Dicho lo cual, soy un estadounidense orgulloso y sé positivamente que si fuese ciudadano de Cuba y tuviese que escribir un artículo como ése sobre los dirigentes cubanos podrían encarcelarme. Más aún, estoy orgulloso de que el sistema establecido por nuestros padres fundadores, aunque hoy en día no sea exactamente el mismo, nunca haya dependiódo de sólo un gran líder por época. Estas cosas siguen estando en entredicho con respecto a los héroes románticos de Cuba y Venezuela. Pienso en mencionarlo, y quizá debiera hacerlo, pero tengo algo distinto en mente:

–¿Podemos hablar sobre drogas? –le pregunto a Castro. Me responde:

–Estados Unidos es el mayor consumidor de narcóticos en el mundo. Cuba está situada directamente entre Estados Unidos y sus proveedores. Para nosotros es un gran problema… Con la expansión del turismo se ha desarrollado un nuevo mercado y nosotros nos enfrentamos a él. Se dice también que permitimos que los narcotraficantes atraviesen el espacio aéreo cubano. No permitimos algo así. Estoy seguro de que algunos de esos aviones se nos cuelan. Si ya no tenemos un radar de baja altitud en funcionamiento se debe simplemente a las restricciones económicas.

Aunque parezca un cuento chino no es así. Según el coronel Lawrence Wilkerson, un antiguo consejero de Colin Powell, Wilkerton le dijo a Reese Erlich en una entrevista del pasado enero que “los cubanos son nuestros mejores aliados en la guerra contra las drogas y contra el terrorismo en el Caribe. Incluso mejores que México. Los militares consideran que Cuba es un aliado muy cooperativo.”

Quiero hacerle a Castro por última vez la pregunta que no me ha respondido, pues nuestro mutuo lenguaje corporal nos indica que ya pasó la medianoche. Es la 1 de la madrugada, pero él se lanza:

–Bueno –dice–, me preguntaste que si yo aceptaría un encuentro con Obama en Washington. Tendría que pensarlo. Lo discutiría con mis camaradas de la dirigencia. Personalmente creo que no sería justo que yo fuese el primero en visitar, porque siempre son los presidentes latinoamericanos quienes van primero a Estados Unidos. Pero tampoco sería justo esperar que el presidente de Estados Unidos venga a Cuba. Deberíamos encontrarnos en un lugar neutral.

Hace una pausa y deposita su copa de vino vacía.

–Quizá podríamos encontrarnos en Guantánamo. Tenemos que encontrarnos y empezar a resolver nuestros problemas y, al final del encuentro, podríamos darle un regalo al presidente… podríamos enviarlo de vuelta con la bandera estadounidense que ondea en la Bahía de Guantánamo.

Cuando salimos de su despacho seguidos por el personal, el presidente Castro me acompaña en el ascensor hasta el vestíbulo y viene conmigo hasta el coche que me espera. Le doy las gracias por la generosidad de su tiempo. Cuando el chófer arranca el motor, el presidente da unos golpecitos en la ventanilla de mi lado. Bajo el cristal mientras que él mira su reloj y se da cuenta de que han pasado siete horas desde que iniciamos la entrevista. Sonriendo, dice:

–Ahora voy a llamar a Fidel. Te lo prometo. Cuando Fidel se entere de que he hablado contigo durante siete horas se asegurará de concederte siete horas y media cuando regreses a Cuba.

Reímos al unísono y nos damos un último apretón de manos.

Ha llovido antes por la noche. En esta oscuridad de las primeras horas, mientras los neumáticos pulverizan agua sobre la húmeda calzada de una apacible mañana habanera, me doy cuenta de que las cuestiones más básicas de la soberanía permiten comprender muy bien las complejidades del antagonismo estadounidense contra Cuba y Venezuela, así como las políticas de ambos países. Nunca han tenido más que dos opciones: o ser imperfectamente nuestros o imperfectamente suyos.

¡Viva Cuba, viva Venezuela, viva USA!

Cuando regresé a la casa del protocolo eran cerca de las dos de la mañana. Mi viejo amigo Fernando, temiendo que llegase borracho, me había esperado. Mis compañeros habían pasado una mala noche. El pobre Fernando había pagado los platos rotos de su frustración. No sabían dónde estaba ni por qué me había ido sin ellos. Y los funcionarios cubanos que habían podido contactar les habían insistido en que estuviesen preparados por si acaso alguno de los hermanos Castro les ofrecía espontáneamente una entrevista. De manera que también se habían perdido al menos una noche cubana. Después de ponerme al corriente, Fernando se fue a dormir un par de horas. Yo me quedé revisando mis notas y fui el primero en sentarme a la mesa para el desayuno, a las 4:45. Cuando Douglas e Hitch bajaban por las escaleras, me cubrí la cabeza con el borde del mantel fingiendo vergüenza. Supongo que en aquellas circunstancias era un poco temprano (y no sólo por la hora) para poner a prueba su humor. La broma no funcionó. Mientras que Fernando volaba hacia a Buenos Aires, nosotros desayunamos tranquilamente y luego volamos de vuelta al hogar, dulce hogar.

Cuando llegué a Houston me di cuenta de que había sobrestimado la insensibilidad de aquellos dos profesionales con experiencia. Cualquier hielo previo se había fundido. Nos dijimos adiós, celebrando aquellos días emocionantes. Ninguno de ellos había sido lo bastante malicioso como para preguntarme por el contenido de mi entrevista, pero cuando se disponía a conectar con el vuelo que lo llevaría hacia el Este, Christopher me dijo al despedirse, “Bueno… supongo que la leeremos”.

¡Sí, se puede!

Estaba sentado en el borde de la cama con mi mujer, mi hijo y mi hija. Se me saltaron las lágrimas mientras Barack Obama hablaba por primera vez como presidente electo de Estados Unidos. Cerré los ojos y empecé a ver una película en mi mente. También podía oír la música, que muy apropiadamente era de las Dixie Chicks cantando una canción de Fleetwood Mac sobre imágenes montadas a cámara lenta. Allí estaban Bush, Hannity, Cheney, McCain, Limbaugh y Robertson. Los vi a todos. Y la canción fue en aumento conforme la imagen de Sarah Palin acaparaba la pantalla. Natalie Maines cantaba dulcemente,

Y vi mi reflejo en las colinas cubiertas de nieve
hasta que la victoria aplastante me derrumbó
Victoria aplastante me derrumbó…

Fuente: Conversations With Chavez and Castro

Traducción: Germán Leyens y Manuel Talens

Che. El argentino

septiembre 6, 2008

“Porque esta gran Humanidad ha dicho «¡Basta!» y ha echado a andar. Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente. Ahora, en todo caso, los que mueran morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera e irrenunciable independencia”.

Ernesto Guevara

Anoche fui a ver Che, el argentino. No es éste lugar para críticas de cine ni el autor un experto en la materia, pero la película merece una mención. Muchos nos esperábamos un producto más de la industria cinematográfica estadounidense, utilizando esta vez la figura del Che para sus fines económicos y propagandísticos. Sin embargo el film no es eso.

Es una fidedigna visión de la Revolución Cubana, centrada en las figuras del Che, Fidel Castro, Camilo Cienfuegos y Aleida March. La profunda documentación se ha basado en los escritos de Guevara, principalmente en La guerra de guerrillas. Cuenta con la colaboración como asesor del mayor biógrafo del Che, John Lee Anderson. El Che como hombre y no como mito, llamando “mariconas” a los desertores y ordenando fusilar a los traidores a la Revolución. 

Contada como un documental, el mayor error de la producción es separar la historia en dos películas independientes, lo que se hace por fines comerciales (¿acaso tienen otros?). La trama se detiene justo antes de la entrada de las tropas revolucionarias en La Habana el 1 de enero de 1959, y continúa en Che, guerrilla hasta el asesinato del guerrillero el 9 de octubre de 1967.  

Una cinta digna de ver, que descubrirá la figura del Che a los que solo la conocen de chapas y camisetas, y que recordará a todos el enorme ejemplo revolucionario de “un hombre que no fue de este tiempo”.

Web oficial

Ernesto Guevara – La guerra de guerrillas (pdf)

Fidel renuncia, pero no abandona

febrero 20, 2008

FidelParece que las declaraciones de Fidel han creado bastante revuelo en todo el mundo. Los medios hablan del “fin de la dictadura”, de “transición en Cuba”. Las visitas a dos posts de este blog (Entrevista a Aleida Guevara y Los medios inventan la renuncia de Fidel) se han disparado en los dos últimos días. 446 personas han llegado hoy a este blog buscando en Google “Fidel Castro”.

Bueno, no entiendo el porqué de tanto revuelo. Como ha dicho Chávez, “el pueblo de Cuba ha demostrado al mundo y, sobre todo, al Imperio, que la revolución cubana no depende de una persona, no depende de una coyuntura ni de una circunstancia, sino que es una revolución que se hizo y se sembró en las entrañas de Cuba, de su historia, de su territorio, de la esencia de su pueblo”.

La Revolución Cubana no depende de una sola persona y Fidel no ha abandonado. Simplemente da paso a otros compañeros y a nuevas ideas. Se mantendrá fuera del gobierno, pero participará en el debate público a través de sus artículos en los medios. Permanece, sin embargo, como miembro del Buró Político del Partido Comunista de Cuba.

Es la segunda vez que Fidel renuncia al poder. La primera fue en julio de 1959, siete meses después de la victoria de la Revolución. Elegido primer ministro, chocó con el presidente Manuel Urrutia, que consideró muy radicales las leyes revolucionarias, como la de reforma agraria, promulgadas por el consejo de ministros. Para evitar un golpe de estado, el líder cubano prefirió renunciar. El pueblo salió a las calles apoyándole. Presionado por las manifestaciones, Urrutia no tuvo otra alternativa que dejar el poder. La presidencia fue ocupada por Oswaldo Dorticós, y Fidel volvió a la función de primer ministro.

Fidel en Sierra MaestraLa decisión de Fidel, consecuente siempre con sus ideas, ha callado las bocas de todos aquellos que lo acusaban de “atarse al poder”. Su decisión lo enaltece y demuestra su desprendimiento personal. Pero que nadie siembre ideas estúpidas de “transición”. La Revolución continúa, la vida en Cuba sigue adelante. El domingo Raúl Castro será elegido primer mandatario de Cuba por los nuevos diputados de la Asamblea Constituyente. Quizá signifique una visión más pragmática de los caminos de la Revolución, pero nada más.

Esta agitación que se ha producido por la renuncia de Fidel a la Presidencia expresa muy bien el desconocimiento que sufrimos en Europa y Norteamérica sobre los asuntos cubanos. Y no hace falta que les diga quiénes son los culpables de que no entendamos lo que ha pasado. Lo saben muy bien.

Ayer, Lula aseguró que “la leyenda continúa” y que “Fidel es el único mito vivo de la historia de la Humanidad”, subrayando que “los cubanos tienen suficiente madurez para resolver sus problemas sin injerencias”. Morales afirmó que “sentiremos un líder revolucionario antiimperialista, un líder que sobre todo apuesta por su pueblo y los pueblos del mundo, desde el momento en el que pide a la Asamblea Nacional de Cuba que no lo elijan nuevamente como Presidente, pues eso es lo más democrático”.

Fidel no abandona. Los revolucionarios nunca abandonan. Siempre estará en la vanguardia de los movimientos sociales y antiimperialistas, incluso cuando haya muerto. Solo ha cumplido lo que siempre afirmó, que cuando no se considerara el más capacitado para aceptar la Presidencia, no lo haría. “Hay que ser consecuente hasta el final”.

Aún queda Revolución en Cuba. No ha hecho más que empezar.

Hasta la victoria siempre.

Fidel con el Che

Y en eso se fue Fidel

enero 3, 2008

Pascual Serrano

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Si hace 17 meses, cuando el presidente cubano Fidel Castro se retiró por problemas de salud de la primera línea política, hubieran preguntado a los españoles cuál sería la situación de Cuba al comienzo de 2008, pocos hubieran afirmado que la normalidad y la institucionalidad sería absoluta. Esto no quiere decir que lo sucedido –o no sucedido– en Cuba haya sido algo imprevisto o sorprendente, sino que es una muestra del desconocimiento y desinformación que sufre la comunidad internacional sobre la realidad cubana.

Llevamos décadas escuchando la inminencia del derrumbe del socialismo cubano, de un levantamiento popular contra sus gobernantes o de una desesperación ciudadana insostenible. Sin embargo, desde la enfermedad que obligó a Fidel Castro a delegar sus responsabilidades de jefe de Estado, todos los miembros del gobierno han trabajado con normalidad, el parlamento se ha reunido regularmente, en octubre se celebraron sin incidentes y sin abstención las dos vueltas de sus elecciones locales, y en enero habrá elecciones legislativas. En cambio, en Bélgica, aquí al lado, sin que los medios y analistas hayan comentado tanto, han estado seis meses sin gobierno y ahora están con uno interino. En Cuba ninguna de las previsiones agoreras de desestabilización, crisis de balseros o manifestaciones en el malecón se ha cumplido. La obsesión de algunos por presentar un país sin institucionalidad ha sido tan demente que se ha llegado a pronunciar la Audiencia Nacional española sobre si en estos momentos Fidel Castro era o no jefe de Estado, un despropósito de injerencia y soberbia que sólo puede despertar lógica indignación al otro lado del Atlántico.

Cuba ha asistido a una impecable institucionalidad, su presidente delega su cargo por razones de salud, se le reserva la competencia como asesor temporal en la medida en que su enfermedad se lo permita y se le sustituye por el primer vicepresidente, Raúl Castro, en torno al cual se aglutinan los principales altos cargos del gobierno. Ahora, el 20 de enero, habrá elecciones al Parlamento y se sabe que Fidel será candidato, lo cual indica que se le tiene en consideración para la política cubana, como no podría de ser de otra forma. Y mientras tanto, en Cuba se discute y se debate sobre sus problemas, miles de reuniones de base del Partido Comunista han generado casi dos millones de propuestas que deberán ser atendidas por los responsables oportunos. En estos días, diez Comisiones de Trabajo del Parlamento analizaron y debatieron los principales temas económicos y presupuestarios del país. La producción y distribución de alimentos, la eficiencia, la productividad y la disciplina laboral, la situación energética será abordada sin la presencia de Fidel Castro, en un ejemplo de normalidad política.

Mientras algunos continúan con su ensoñación de desestabilización para Cuba, el país ha logrado producir la mitad del combustible que consume, su histórica pesadilla económica. Su relación comercial con la región no tiene precedentes: a través de Petrocaribe, el ALBA, misiones educativas y sanitarias internacionales, acuerdos bilaterales con numerosos países, etc… En política exterior, su denuncia del bloqueo de Estados Unidos ha alcanzado el máximo apoyo en la historia de una votación en la Asamblea General de la ONU.

Cuba ha sido el país víctima durante más tiempo de la mentira y sobre el que más se nos ha estado engañando. Donde dicen que hay represión y nunca se ha visto a la policía cargar contra una manifestación, donde muchos opositores viven mejor que los ministros, donde se afirma que Internet está prohibido pero lo utilizan gratis en el trabajo todos los estudiantes, los profesores, los médicos, los periodistas… El país al que acusan de estar gobernado por unos dinosaurios comunistas pero su mayor cargo diplomático tiene 44 años, donde dicen que no hay elecciones pero votan voluntariamente y mediante voto secreto el 96 por ciento de los cubanos.

Por supuesto Cuba tiene muchos problemas, incertidumbres y necesidad de cambios. Se trata principalmente de la vivienda, el transporte y la mejora de la producción alimentaria para su población. Pero lo sugerente es que son problemas que ya se vislumbran más fácil de resolver en el socialismo que en el capitalismo. En vivienda la solución es construir, mientras que en España, el mercado no lo resuelve teniendo dos millones de casas vacías. El transporte es más fácil solucionarlo en La Habana mediante una buena red de autobuses, o tranvías, que en ciudades colapsadas como Caracas o México D.F. Y en alimentación, el reto es comenzar a producir en la mitad de las tierras cultivables que se tienen ociosas. Es verdad que también hay problemas de ineficiencia y corrupción, pero en Cuba ninguna persona se embolsa millones de dólares recalificando terrenos como en España, y ningún ministro gasta 150.000 euros en viajes en aviones privados ni 183.000 en protocolo, como hizo Eduardo Zaplana según revela el periodista Alfredo Grimaldos en su último libro. Convencer a los ciudadanos para que trabajen eficazmente en el socialismo no es fácil, en el capitalismo basta con matar de hambre a quienes no lo hagan, por eso uno de los retos de Cuba es encontrar los mecanismos de incentivación que no generen desigualdades insultantes e intolerables. Esa discusión tampoco se ha evitado, Raúl Castro lo abordó claramente en su discurso del pasado 26 de julio.

Pero lo más indignante para todos los que están obsesionados con derrocar el socialismo cubano y comenzar el saqueo es que todo está sucediendo con Fidel Castro entre bambalinas. Se equivocaron durante décadas planificando la ausencia de Castro y se han vuelto a equivocar ahora que la naturaleza lo ha apartado de la jefatura del gobierno. Son tantas las mentiras sobre Cuba que hasta los mentirosos se las creyeron y ahora no entienden nada.

Los medios inventan la renuncia de Fidel

diciembre 30, 2007

Fidel con MandelaLos medios de “comunicación” han estado bombardeándonos en los últimos días con la noticia de la supuesta renuncia de Fidel Castro que habría delegado todos sus poderes en su hermano Raúl. Para elaborar esta mentira, se basaban en una frase de una carta que Fidel envió el 17 de diciembre al director del programa informativo Mesa Redonda: “Mi deber elemental es no aferrarme a cargos, ni mucho menos obstruir el paso a personas más jóvenes, sino aportar experiencias e ideas cuyo modesto valor proviene de la época exepcional que me tocó vivir”.

La frase, totalmente manipulada y sacada de contexto, pertenece a una reflexión del Comandante sobre la reciente Conferencia de Bali sobre el medio ambiente, en la que acusaba a los países del Primer Mundo de ser los principales responsables del cambio climático.

Una nueva carta de Fidel, envíada a la Asamblea Nacional de Cuba el día 27, sirvió a los medios para consolidar su mentira. A pesar de que la carta se hacía eco de la manipulación y la negaba, y de que Castro hablaba en ella sobre su candidatura a diputado en las próximas elecciones, un párrafo fue sacado de contexto: “Leí el discurso breve y concreto elaborado por Raúl, que me envió previamente. Es necesario seguir marchando sin detenerse un minuto. Levantaré mi mano junto a la de ustedes para apoyarlo”. Muchos suprimieron incluso la segunda frase.

Pero todo eso no son más que mentiras. Fidel Castro sigue siendo, por deseo de los cubanos en edad de votar, Presidente de la República, y ha sido postulado para las próximas elecciones como candidato al Parlamento, que probablemente le elija de nuevo presidente.

La ONU pide (otra vez) el fin del bloqueo contra Cuba

octubre 31, 2007

Pérez Roque en la ONUNaciones Unidas ha vuelto a decirle ayer a EEUU que el embargo contra Cuba “es injusto e inhumano” y a destacar la “necesidad de poner fin al bloqueo económico, fianciero y comercial impuesto por Estados Unidos”. La Asamblea General decidió solicitar a Washington por decimosexta vez consecutiva que ponga fin a 45 largos años de hostilidad contra La Habana.

Es gracioso, pero muy revelador, que cuando se dirige a un país pobre la ONU exige, pero cuando se trata de Estados Unidos solicita. Ayer, 184 de los países del parlamento mundial votaron a favor de la resolución. Tan sólo las Islas de Palau y Marshall, Israel y EEUU se opusieron. Micronesia optó por la abstención. El desacuerdo con la política de la Casa Blanca sobre Cuba expresado por más de 120 países frente a los 98 del pasado año. Una victoria moral cubana. Otra más en una larga lista. Otra más sin efectos prácticos.

La Habana denuncia casi 90.000 millones de dólares en pérdidas de contratos comerciales, la imposibilidad de comprar material sanitario, los obstáculos para lograr acuerdos con terceros países y, desde este mismo año, la prohibición de intercambios universitarios. Todos los aliados de EEUU participan en el bloqueo, de forma que Cuba solo puede comerciar con unos pocos países, como China, Vietnam o Corea del Norte. El Gobierno estadounidense tiene previstas multas de un millón de dólares para las empresas y 250 mil dólares para los individuos que burlen esta legislación.

La ONU viene mostrando desde la caída de la URSS su rechazo al “embargo” que Washington mantiene sobre La Habana desde hace 45 años. La lista de opositores a esta política imperialista es interminable, e incluye a personajes como el gobernador de Nuevo México, Bill Richardson, quien aseguró que el bloqueo “ha fracasado porque no ha conseguido nada”; o el relator especial del Derecho a la Alimentación de Naciones Unidas, Jean Ziegler, quien considera una “arrogancia unilateral” y un “ataque” al orden internacional la política de Washington contra La Habana.

Así que la ONU vuelve a suplicar a Estados Unidos que acabe con el bloqueo. Por decimosexta vez. En vano. Sin embargo, es cierto que la Casa Blanca estuvo dispuesta a eliminarlo durante la Guerra Fría si Cuba rompía con la URSS y dejaba de ayudar a los revolucionarios de América Latina. El mismo Castro lo admitió, reconociendo que Washington habría acabado con el bloqueo “si tuviéramos alma de traidores, incluso para abandonar a un país. Estados Unidos solo admite que uno se venda, nada más. Estados Unidos no acepta otra cosa que no sea la rendición”.

Nadie en la ONU es tan ingenuo como para creer que la administración Bush, que ha endurecido el bloqueo y ha promovido constantemente ataques de todo tipo contra la isla (la Ley de Ajuste Cubano concede asilo automático a terroristas y secuestradores anticastristas), va a aceptar la decisión del principal organismo internacional. Nadie es tan estúpido como para creer que el hombre que debe su puesto a la comunidad batistiana de Miami va a dejar de ahogar al pueblo cubano simplemente porque lo pida la Asamblea General de Naciones Unidas.

Otra victoria moral para Cuba. Sin efectos prácticos, pero en absoluto vana. Ya lo dejó claro Fidel cuando, en una de sus primeras visitas a Estados Unidos, le preguntaron si llevaba chaleco antibalas. Se desabrochó la camisa y dijo: “llevo un chaleco moral. Es más fuerte”.

Plaza de la Revolución

 

Elecciones en Cuba

octubre 23, 2007

Elecciones en CubaEl pasado domingo 21 se celebraron en la isla los comicios municipales, primera etapa del proceso electoral. Sí, en Cuba hay elecciones. Diferentes a las nuestras, por supuesto, pero juzguen ustedes si son menos (o más) democráticas.

A diferencia de España, donde un ciudadano debe pertenecer a un partido político y ser autorizado por éste para formar parte de sus listas, en Cuba cualquiera puede presentarse a las elecciones. La sociedad se organiza en asambleas, grupos vecinales de unas trescientas personas. Hasta ocho asambleas pueden integrar una circunscripción electoral, que elegirá un delegado o concejal. Los vecinos de las asambleas se reúnen para proponer candidatos electorales de su comunidad. Cualquier persona puede sugerir un nombre y la asamblea selecciona mediante votación al vecino que llevará como candidato para delegado de la circunscripción. Deberá haber entre dos y ocho candidatos. En contra de lo que se pueda pensar, la mayoría de los candidatos no pertenecen al Partido Comunista. Es cierto que en Cuba existe un partido único, el Partido Comunista de Cuba, por decisión del pueblo cubano en referéndum al aprobar la Constitución de 1976. Pero el partido no interviene en el proceso electoral ni propone candidaturas.

No hay grandes campañas publicitarias que solo unos pocos se puedan permitir. La propaganda electoral se limita a pequeños carteles expuestos en lugares públicos con una foto y una breve biografía del candidato. No es necesario más, porque al tratarse de pequeñas comunidades sus miembros ya suelen conocer al aspirante a delegado.

El día de las elecciones los ciudadanos votan de manera voluntaria y secreta en urnas previamente selladas que son custodiadas por niños, acompañados por un presidente de mesa y vocales pertenecientes al barrio. Existe además una urna portátil para permitir votar a los ciudadanos impedidos o enfermos (como ocurrió el domingo con Fidel Castro). Al finalizar la votacióin se realiza un recuento público. Para ser elegido se deben sacar el cincuenta por cien de los votos más uno, y si no es así habrá una segunda vuelta entre los dos candidatos más votados.

Otra gran diferencia con nuestro sistema es que el representante elegido no cobrará sueldo alguno por su labor, seguirá desempeñando el trabajo que tenía y se dedicará a sus responsabilidades públicas en su tiempo libre. Es decir, la gente se presenta a las elecciones con el deseo de servir a la comunidad y no para vivir de las rentas, como hacen tantos en España. Además el delegado o delegada deberá rendir cuentas a sus electores dos veces al año.

Un dato muy interesante de las elecciones del domingo, revelado por un reportaje de la BBC, es el caso de un opositor que “se presentó en su barrio como candidato” y afirma textualmente: “obtuve 5 votos en un centenar de personas, el 5% del total”. Resulta que a los opositores se les permite presentarse, pero son una minoría mucho más pequeña de lo que su poder en Miami hace creer.

A la votación del domingo seguirá a principios de 2008 la elección de los más de 600 diputados que integran la Asamblea Nacional, que elegirán un nuevo presidente del Consejo de Estado y de Ministros. Fidel aún no se ha presentado, pero es muy probable que lo haga y que resulte elegido, como ha ocurrido desde que en 1976 fueron creados los órganos del Poder Popular.

Discurso de Cuba en la Cumbre de la ONU

octubre 1, 2007

Felipe Pérez Roque, ministro de Asuntos Exteriores de Cuba, habla sobre “la guerra contra los pobres y no contra la pobreza”, el derecho universal al desarrollo, los dobles raseros, la arrogancia de poder de George Bush y su bochornosa actuación ante la Asamblea General el día anterior:

La visión cubana de la reciente visita de Condoleezza Rice a España

julio 30, 2007

Rice y Moratinos

El anuncio de la visita de Condoleezza Rice a España generó una gran expectativa y concitó una gran atención de la prensa española. Los más optimistas, al parecer, esperaban que su presencia en Madrid simbolizara el perdón de Bush por la retirada de España de Iraq y otras desavenencias.

Después se supo que sería una visita de ocho horas y que no concedería a sus anfitriones el honor de pernoctar allí.
Curiosamente, el preludio resultó ser una fuerte declaración de la Secretaria de Estado en la que hizo críticas directas a España y afirmó tajante y amenazadora “… sobre Cuba no estoy segura de que coincidamos, sinceramente… es uno de los asuntos fundamentales que trataré cuando esté en España”.

El Presidente Rodríguez Zapatero respondió diciendo que “… es absolutamente elemental… los países y los gobiernos no han de tener miradas iguales en todos aquellos aspectos de política internacional y evolución de los países… es comprensible y razonable porque tienen vínculos históricos distintos, porque hay aproximaciones muy diferentes…”.
Quedó claro que ocho horas sería muy poco tiempo para armar una luna de miel, lo que se confirmó en la conferencia de prensa conjunta de Rice y Moratinos, en la que se llamaron cálidamente “Condi” y “Migüel”. El Canciller español expresó que “… nuestras relaciones se han normalizado plenamente después de las altas y las bajas que todos conocemos”, lo que no mereció una palabra de coincidencia, ni un gesto de asentimiento de la Secretaria de Estado.

Según Moratinos, un tema central de las conversaciones fue América Latina, con respecto a la cual dijo con ínfulas de metrópoli colonial, “… es absolutamente esencial que España y los Estados Unidos trabajen concertadamente con una mayor participación para permitir la normalidad institucional, política, económica, democrática y social de todo el subcontinente… estaremos trabajando en países específicos para fortalecer la construcción democrática e institucional y garantizar la democracia en América Latina”.

Pero Condoleezza dijo que hablaron mucho sobre América Latina “… debido a la larga historia de España, sus lazos culturales y el papel de Estados Unidos allí… un área de gran interés para nosotros”. Es obvio que quedaron bien definidos los papeles: para España, historia y cultura; para el imperio, su traspatio.

Como parecía anunciado, el tema de Cuba puso las emociones. “Migüel” asumió entonces una actitud patética. Pocas semanas después de su viaje a La Habana, ante una Condoleezza dura y arrogante, declaró refiriéndose a Cuba “… nuestras políticas, nuestros modos de actuación, nuestras tácticas son complementarias…” y entonces recibió un segundo y humillante regaño público de “Condi”.

Habiéndose tratado a Cuba como tema priorizado de la agenda, habría que preguntar: ¿Fueron abordados los daños y el sufrimiento para el pueblo cubano de casi medio siglo de brutal y genocida política de agresión y bloqueo y la aplicación extraterritorial de las leyes estadounidenses, incluso en Europa, cuya extrema expresión son las medidas establecidas por Bush en julio del 2006? ¿Se habrá conversado acerca de la situación que prevalece en el campo de concentración ubicado en la ilegal Base Naval de Guantánamo, territorio usurpado a nuestro país? ¿O acaso sobre los vuelos secretos de la CIA a España, los secuestros y torturas que horrorizan a la opinión pública europea y mundial y el asesinato del periodista José Couso? ¿Se habló acerca del terrorista Luis Posada Carriles, que se encuentra libre en Miami mientras cinco jóvenes cubanos permanecen injustamente encarcelados en los Estados Unidos por luchar contra el terrorismo?

Condoleezza, por su parte, reiteró los lineamientos de la consabida política dirigida al derrocamiento de nuestro sistema político, económico y social que el gobierno de los Estados Unidos lleva a cabo y ratificó su apoyo a los mercenarios que la Sección de Intereses norteamericana en La Habana organiza y financia. Dijo que… “el mundo libre… no está preparado a tolerar una transición antidemocrática en Cuba”.

El pueblo cubano rechaza estas declaraciones injerencistas y arrogantes de la Secretaria de Estado y reitera que, como expresara nuestro Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, al dar a conocer su Proclama al Pueblo de Cuba el 31 de julio del 2006, … “nuestro pueblo y nuestra Revolución lucharán hasta la última gota de sangre”.

La Secretaria de Estado fracasará en su intento de construir un cerco internacional contra la Revolución cubana mediante presiones y chantajes.

Donde sí urge una “transición democrática” es en los Estados Unidos.

(Artículo publicado en http://lavisioncubana.blogspot.com